miércoles, 25 de septiembre de 2013

Prólogo

Una noche tranquila como cualquier otra, sin nubes a la vista ni viento que sople. Reina el silencio y no se percibe ningún movimiento. En la oscuridad de la noche solitaria surge una luz, un sonido, una señal de vida. Es una puerta que abre, una muchacha que sale a la desierta calle acompañada por un cachorro que lleva en brazos.

Baja las escaleras y deja al can libre en la acera; espera a que el perro regrese y va a recoger lo que ha dejado en el pavimento. Es una actividad cotidiana, que le es indiferente pero necesaria.
De la nada, un estruendo surge en el viento y pareciera estar muy lejos, algo parecido a cuando un auto choca contra otro, pero no exactamente igual.  Ella presta atención por un momento, pero así como llega, se va.
Habiendo terminado, con una corta seña, hace al cachorro regresar a la casa. Aún cautelosa y con un último vistazo a la calle da la vuelta y recorre el camino de vuelta a su hogar.
Sube las escaleras con fastidio, le resulta molesto tener que subir hasta el segundo piso, ella piensa que sería mucho mejor vivir en la parte de abajo, pero qué más da, no es como si su pensamiento fuera a cambiar algo. Con pereza levanta un pie tras otro, apoyándose pesadamente sobre el barandal, dobla para subir la segunda parte de las escaleras cuando sin explicación alguna ni motivo aparente… Desaparece.
El cachorro llega a la entrada y rasca la puerta para que le permitan pasar. La madre de la chica le abre y se asoma fuera para ver en donde se encuentra su hija mientras el pequeño animal se acuesta cómodamente en la cama en que ha de dormir.

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